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La Isla de Saramago |
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Samir Delgado (Canarias) |
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Una isla canaria que lleva millones de años meciéndose como una balsa de piedra entre las aguas azuladas y las dunas saharauis. Una isla canaria que cumplió merecidamente con los presagios de la mitología grecolatina valiendo como residencia idílica para los días en vida de un premio nobel cuyas cenizas descansan eternamente a la sombra de un olivo, alejado por fin de los estertores mundanales hasta que las multinacionales turísticas perviertan con un código de barras la paz de su casa en el sur lanzaroteño.
Y es que Saramago ya no escribirá más bajo aquel techo límpido de Lanzarote, partió un triste mediodía sin equipajes de mano hacia los territorios de la memoria, pero la isla que acogió en su regazo al intelectual de gafas prominentes que llegó como exiliado tras la censura de sus novelas necesita más que nunca el retorno de su ahijado portugués, ella es ahora quien necesita para su propia supervivencia palabras sin grandezas pasajeras de premio nobel para custodiar horizontes de salitre ante el circo de la corrupción institucional y la vorágine de la especulación urbanística sobre unas costas transformadas en fantasmagórico cementerio de pateras africanas.
A pesar de que las horas en vida de Saramago fuesen poco más que un suspiro volátil sobre el regazo de una isla que perdió hace mucho el recuento de su largo periplo geológico, la fugacidad de su presencia valió para echar raíces de coherencia sobre la Geria de picón negro, allí donde cultivó kilómetros de verbos bajo el mismo sol impenitente de los trabajadores del campo, allí donde el pulso templado del éxito editorial aleccionó a las cúpulas religiosas y a los malos gobiernos del sistema que rebajan al absurdo la razón humana cuando permanecen cómplices de las guerras y las injusticias que lastiman el frágil destino de los pueblos.
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| Canarias, 21 de Junio de 2010 |