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Carta a Pepe Varos 05/07/2010 |
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Querido amigo Pepe:
Hoy, después de volver de la redacción del periódico, he encontrado unos papeles olvidados entre otros más olvidados aún. Debe ser un día de esos que yo llamo de amarga saliva. Pero el caso es que, revolviendo esos olvidos, he hallado la última crónica y entrevista, eso creo, que escribí en mi visita a Huelva. Me llama la atención el hecho de haber olvidado seguir escribiendo sobre el tema, sobre ti y el viaje que hicimos a Rió Tinto. Empiezo a recordar. ¿Es importante?... Han pasado casi dos años. Y aún te recuerdo hablando, entre los pinares y aquellas minas a cielo abierto, de historias de esclavos de las guerras romanas, de perversas revoluciones de mineros y capitalistas ingleses. Así que tengo un silencio de lucidez, lleno un vaso con un güisqui y derramo huecos sobre la mesa.
Hoy tengo tiempo, posiblemente todo el tiempo del mío. Asuntos que sólo me incumben, pero que determinan decisiones. El periódico no funciona como fuera mi deseo, y mis crónicas se pierden en exigencias imbéciles y políticos torticeros. Así que lo dejo. Volveré a Huelva. Me gustaron sus calles y esa condena melancólica a morir de su gente por el trabajo. Ya sé que te marchaste a las costas mediterráneas, a morirte de gozo entre la sal y leyendas de castillos. Mejor así. Las penas de la vejez tienen, esencialmente, la tranquilidad de no pensar demasiado, de no deshojar flores y llenarse de amoríos. Haz hecho bien. Estarás más cerca de tu Alpujarra, y más lejos de fusilamientos, de aquellos que me contabas, entre un bancal y noria de agua. Repito que haces bien.
Hace algún tiempo recibí carta de Ignacio Quiñones. El hombre está preocupado por tus silencios. Ya sabes como sois los poetas. Necesita saber que el mundo sigue girando aunque sea al revés. Me contó, muy puesto en su disimulo, el orden que ha puesto a las esquinas de las calles de su Laguna, el color ocre de los bochinches tertulianos, el boxeo y trinca de escritores nacionalistas y más cosas de amores sin gracia. Ignacio tiene ese punto de espía condenado sobre el que tú escribiste hace tiempo: Odia los urinarios públicos y las cafeterías de abogados, el mal olor de las magnolias podridas y los gorreros de estudio. Bebe, eso sí, vinos de la tierra con gofio, una pizca de gofio, y entonces comienza a prometer que cualquier día escribirá el libro más bello sobre las ubres colgadas del campanario. Ignacio es un loco con encanto. Suele hablar mucho de ti, de la vida que mereces, de tus locuras (como si el no fuera más loco), de tus amigos casi ya todos viejos, de los tiempos en que eras sindicalista y escuchabas música de Frank Zappa. Se acuerda de todo, y anota las fechas de sus estados febriles, mezclando letras de coplas andaluzas y manchas de aceite. Te echa de menos, y es posible que te escriba a tu nueva dirección. Los tiempos de ahora no son mejores que los de antes, pero si más aburridos, e Ignacio necesita seguir dando vueltas a un palo y contártelo luego.
Cuando llegue a Huelva volveré a escribirte. Espero conocer a tus amigos de cerca, más a piel y noches. A los escritores hay que rozarlos para entender mejor, más profundamente, sus curiosas historias. Me produce un cierto morbo saber las coincidencias de ellos en tu vida.
Reitero sobre la necesidad de que escribas a Ignacio. Cada día él espera, inútilmente, que le mandes señal de que aún persigues inutilidades. Y digo bien, como dijo J. Goytisolo.
Un fuerte abrazo querido amigo. |
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Rosendo Airo |