Rafael Rodríguez

ha muerto el poeta

Pulsé despacio el botón del séptimo piso en un ascensor estrecho. Antes, en la esquina de la calle de al lado, había discutido con el semáforo. Él más que yo, ya que no le hice demasiado caso en lo conceptual de los colores. Así que, un tanto azorado, llegué finalmente al piso. La puerta se abrió de golpe, sin prisa, y allí estaba Rafael Rodríguez. Murmuró algo así como bienvenido hermano de mi hermano, te esperaba sobre un cuaderno de nácar y a tiempo de tomar café. Le agradecí el café, y después el güisqui. Y mientras bebía, escuché su voz ordenando las palabras. No quería romper el hechizo: la magia azul destinada a no tener fin. Y de tanto quiso hablar que se olvidó de Pepe. Primero fue la mar, las calles de Madrid, Aleixandre, los versos de Neruda bajando del Albayzín, Aliatar moribundo, lo bello, lo preciso... La vida, fue diciéndome, se agota por necesidad de vivir. Me emplazó para discutir, otro día, de amores y viajes: “Ya te contaré sobre los mil amantes que tiene la muerte” Se había hecho tarde, y nos despedimos. Le prometí mis cartas aunque fueran cortas, y me lo agradeció.

 

Gabinete de voce (Islavaria, 2008)

Ignacio Quiñónez Quiñones

 

El día 13 de este mes, marzo, cansando de soñar, ha muerto el poeta Rafael Rodríguez en Granada, mi amigo. Una larga enfermedad se lo ha llevado rompiéndole el grito suavemente, casi en silencio.

 

A pesar de una producción en libros corta (siete títulos), su obra es ya una referencia al buen oficio de escribir y pensar. En el año 1971 publica PRAXIS, que causó un gran revuelo en el panorama literario de aquellos años en Granada. Su último libro en 2006, RAÍZ Y HORIZONTE, tuve el honor de editarlo (ver colaboradores\rafaelrodriguezbiografia.htm). Posteriormente, en 2008, lo incluí entre mis amigos en la antología GABINETE DE VOCES. En la presentación de este libro, de forma afortunada, nos reunimos amigos de los 70 en Granada incluidos en la antología y otros más (Juan de Loxa, Antonio Enrique, los hermanos Carmelo y Claudio Sánchez Muros, Rafael Rodríguez, Guillermo L. Lacomba, Fidel Villar, Francis Vaz, Lluís Pons y yo mismo)

 

Hasta aquí es lo usual de cronista, de vocero de noticia, pero Rafael fue más que un amigo, fue mi hermano. Nos conocimos en Granada en 1968, donde fundamos el grupo literario ALEPH. Fueron tiempos hermosos llenos de proyectos, de ebullición literaria y personal. Aquella época desembocó en viajes por diferentes sitios de España, los dos juntos, compartiendo comida y aventuras. En uno de aquellos viajes conoce a Carlos de La Rica, en Cuenca, donde ancla la edición de su primer libro. Así, durante varios años estuvimos unidos: Madrid y, especialmente, Mallorca. Cuando tomo la decisión de ubicarme en la isla, Rafael siguió viajando por Europa: Bélgica, Dinamarca y Finlandia. Cierra el círculo de sus viajes, terminando en Granada, y desde allí, ejerce de guía turístico, desgranando a la vez sus poemas y sus amores.

 

Nunca la distancia alejó nuestra amistad, y aunque hubo algunos años en los que yo guardé silencio por motivos familiares profundos, cuando éstos desparecieron, volvimos a nuestra relación, a nuestras conversaciones y visitas desde allá donde estuviera o el viniera. En el 2005, tuve el honor de presentar su libro MADERAS DE ORIENTE, en la casa de Federico García Lorca, de cuyo acto reflejé en estas páginas amplia información (ver maderasdeorientepresentacion.htm)

 

Lector intenso y profundo intelectual, Rafael siempre se quejaba del olvido al que le sometían desde los círculos oficialistas literarios, pero nunca agachó la cabeza ante las corrientes de moda. Con él siempre llevaba a Vicente Aleixandre, Kavafis y Juan Ramón Jiménez. Con él, la historia de la historia fue eterna.

 

Se me ha ido el amigo, el hermano, pero siempre llevaré su voz recia cercana al pecho. Quiero eternizar unos versos suyos, premonición de su marcha:

 

Hoy he tirado la toalla.

Hoy he cubierto con lienzo los espejos

para no ver la amenaza de mi muerte.

Hoy París es más triste

que otros días…

Hoy estoy enfermo de vivir

y sin embargo, sigo agonizante

recorriendo sin fuerzas

el fatal, inexerobale y fijo

e irremediable camino de mi existencia.

 

Siento tanto dolor, tanta rabia, que he querido expresarlo en un poema de urgencia y a voz partida.

 

Ahora, a espalda mojada, ya no vale.

No valen los bailes de salón y margaritas,

las manos sudadas con respuestas cosidas.

Ahora no, con mi llanto tuerto y tu silencio.

Que ya no vale, que lo oculto ni sobra

a la luz de anoche y un vaso de vino.

 

Ahora, amigo, cómo mi sed te recuerda

a la primera ronda de aljibes y castaños

al detener el ruido de cantes y prostíbulos,

por la locura del equilibrio de tantos ojos.

Ahora hemos roto el pan mordido, la leche

a racimos y versos de Neruda gritando.

Ahora, atrapado de verde, me has dejado

en el miedo, a mitad de camisa, desangrando

riñones y pulmones por cualquier semáforo.

 

¿Porqué no me esperaste, si ya iba a remedio

y sobrado de sueños? Seguro que era tarde

y querías buscarte en el enredo, sin zapatos,

a la deriva. Lo demás ha venido después:

un paso más allá, más cerca de las cosas,

enloquecer esta tarde de soledad y muerte,

tiritar escondido y hablar sobre Kavafis. ¿Porqué

escapaste de ciudades de marzo y limones,

si aún no era mejor morir por la razón, por música

del viaje del agua, del abrazo interminado,

de amores que tú y yo solos sabíamos, secretos,

e invisibles en estaciones? Porque después, qué.

 

Con el paso despacio y tantas rozaduras,

he roto el espejo de nuestra casa en Mallorca,

la de agujas pintadas y cabellos revueltos,

la de suelos ocres y cocinas, la de las sombras.

Y he quedado quieto en un suspiro, ahora

que tanto está tu cuerpo de frío y mi caricia.

Y porque cada golpe a tu vida me desata

tantos años a saliva, me espero al tren,

adiós a los relojes, quizás tu abrazo, el infinito

tejido sobre poemas, prohibidos-y- quién,

¿quién aplaudirá la sombra de las mariposas?

 

Tener la cara dispuesta a los bosques

y le chanson de amour, me ha dejado

revuelto en mil lugares, aquellos de arenales

gastados donde hablábamos del Che

y en la barca de pesca. Tener el agua cerca,

y cerca abrazarnos, discutir por sentir,

y muy cerca fumar despacio. ¿Y Marx,

las revoluciones de lana, el ir a Lisboa,

las calles de Granada, Lorca, el tiempo

que nunca será nuestro, el cansino calor

de los conventos, la vuelta atrás, las voces?

¿Dónde estás, dónde tu caminar largo,

tu ejercito de ardillas y tu botella de anís?

 

Ahora que no es también, indiferente ya,

acerco el grito y quema el aire, y arremolino

sombras de papel y de aventuras. Ahora

que los juegos nos mienten y nos envuelven,

dame la mano.

 

                          Te espero por la esquina,

y ya no vale lo de mojarse la espalda

con tanto llanto

Pepe Varos

en Huelva, 23 de marzo de 2010