EL TIEMPO ENTRE… ¿QUÉ?

 

¡Ah mi querida Sra. María Dueñas¡

 

Verá, nací y me crie en Tetuán.  Al oír que por fin había una novela que hablaba de la “vida en la antigua colonia española en Marruecos”, como se puede imaginar me lancé a comprar el libro.

 

Es verdad que pese al tiempo transcurrido, 42 años, desde que salí de mi querida ciudad Tetuán, han quedado en mis recuerdos, olores, luces,  nostalgias en una palabra, difíciles de superar y una lejanía impuesta por las circunstancias. No he vuelto jamás a poner los pies en “mi Tetuán” ¡No he podido jamás olvidar las noches azules!  Esas que se dan nada más cruzar el Estrecho y que no se reproducen, no aparecen en ningún otro lado.

 

 Y claro, compré su libro EL TIEMPO ENTRE COSTURAS.

 

He de confesarle que mi primera novela, -yo también escribo-LA MUÑECAS QUEMADAS,  sucede y se desarrolla en Tetuán, pero ni de lejos tuve la mas mínima apoyatura mediática que ha tenido usted. Se editó en 1988.  La novela está donde está y eso es todo.

 

He de confesarle Doña María, que tan solo, al abrir las tapas del libro y encontrarme en las contraportadas con las fotografías de la “plaza del primo”, la confluencia  con ella de la calle Calvo Sotelo  y la Alta Comisaría algo me hizo temblar.   ¡Lo que son los recuerdos de infancia!

 

No quisiera alargarme en la explicación de nuestro paso por ese enclave.  Sería muy largo.  Le reseño algo: El abuelo llego como coronel del Regimiento de Infantería en 1931, y hasta la llegada de la Independencia del territorio, la familia se extendió y mucho.   10 hijos, cinco de ellos militares y dos yernos -¡curioso: todos guapísimos¡- también militares, casados y casi unos 40 nietos nacidos allí, que después al separarnos y marchar cada uno a distintas ciudades de la Península, en 1957 vinieron muchos más.

 

Pero todas estas explicaciones no serían necesarias si no fuera porque con su novela EL TIEMPO ENTRE COSTURAS, me he sentido estafada.

 

Creo que se puede, con toda sinceridad decir y mas, escribir lo que se piensa de las cosas, máxime cuando “las cosas”, además de costarnos 22€ nos prometen que van a colmar nuestra ilusión por reencontrarnos con la ciudad de nuestra infancia.

 

Distinto sería si supiera que me iba a encontrar con una fantasía, con una novela negra, o con un relato costumbrista.

 

Creo que Tetuán, como ciudad, “cosmopolita” no tuvo jamás intención de significarse.   Y de buenas a primeras me encuentro con una ciudad, con unos personajes, con unas descripciones que me han dejado con la boca abierta.  Si, puede que le pudiera dar algunos nombres que marcaban la pauta en cuanto a la elegancia o la importancia social.   Pero el resto eran y fuimos un conglomerado de personas que respetaban totalmente unas a otras las tres religiones implantadas allí.  Católicos, hebreos y musulmanes.

 

Sus plazas, parques, edificios, hospitales y demás equipamientos, creo que no fueron construidos hasta los años 50.  Así que el encontronazo con ellos me descolocaba totalmente de la narración, de su prosa, de su estilo.

 

¿Cómo se puede imaginar una ciudad en el protectorado Español en Marruecos con todas esas cosas que dice usted que estaban en el 36, cuando los últimos “edificios oficiales” se inauguraron en 1957?

 

La Luneta como calle “alborotada”, los “indios y sus bazares” no aparecieron hasta –vuelvo a repetir 1950 y tantos. Un ejemplo curioso: recuerdo perfectamente el primer día que tome Coca-cola.   Fue en casa de unos amigos de mis padres, en 1956, poco antes de la independencia… ¡Curioso verdad!  Es verdad que la habían traído de Tánger, nada más y nada menos…

 

Total, que la descripción de la ciudad me ha dejado boquiabierta. ¡Nunca existió un tren a Rio Martín! Era, eso sí, La Valenciana, autobuses rojos que salían, precisamente, desde la plaza de la Iglesia o “plaza El primo”  

 

Pero no es eso lo que yo quisiera recalcarle.   Es que toda la novela, por supuesto incluida su protagonista parece cogida con alfileres especiales.   Me explico: los alfileres especiales en este momento son aquellas citas, frases, situaciones que han de representar lo políticamente correcto. 

 

¿Cómo no hablar en cualquier novela que se escriba hoy por hoy de la injusta y denigrante guerra civil propulsada por un grupo de fascistas?

 

Es necesario, es imperativo hablar de la Guerra Civil, pero cuando se roza ese tema, Sra. Dueñas, hay que hablar de ella, no colocarla, no ya con calzador, a retazos, ni tan siquiera con el tiro acertado de un cañonazo, si no con un tirachinas para que no se diga.  

 

Al leer, lo sentimos los lectores y lo sé como escritora, debemos recibir unos la verdad, el reflejo de que cada una de las frases que hay en el libro responden a un latido del corazón del que ha escrito aquello.   Pero en el caso de TIEMPO ENTRE COSTURAS, la guerra civil aparece como algo difuso, irreal que no atañe a nadie ni causa más preocupación que la inquietud de la “madre gorda” hospedad en casa de la matutera. 

 

Sin ir más lejos, el Comisario, -¡un comisario de policía en plena sublevación militar!- más bien parece una religiosa del colegio de la Milagrosa que un comisario.  

 

En ese momento empecé a dudar si seguía leyendo o no la novela.   Pero la ilusión por saber cómo y de qué manera se desarrollan los acontecimientos me devolvieron la curiosidad, y por tanto  volver a retomarla…

 

¡Hasta llegar al capítulo en el que la protagonista alquila su piso en la calle Sidi Mandri, por la que tantas veces pasé. 

 

¡Nada más y nada menos que Candelaria describe el  cuarto de baño con una ducha tipo teléfono!

 

La parecerá una tontería, pero en aquellos tiempos, en el 36 y más en Tetuán no puedo imaginar mayor disparate.  

 

Es en ese momento con referencia tan nimia pero tan fuera de lugar fue en el que deje de creer en todo lo que estaba leyendo y darme cuenta de que no existía verdad en lo que había escrito. Tampoco encontré fantasia…

 

Creo que la historia en realidad podría haber evitado toda referencia a Marruecos, a la guerra y a los trapicheos “inocentes de una matutera y preocupación insignificante por una “perseguida por la justicia” demostrada, en –plena guerra civil- por un Comisario de Policía.

 

Y  eso es lo que me ha llevado a casi no terminar el libro. 

 

Sí, todos los nombres conocidos y no conocidos de Tetuán me suenan, pero en mi modesta forma de ver existen demasiadas introducciones innecesarias que llegan a aburrir. Por cierto le cuento que los Gumper eran vecinos nuestros, que tenían tantos niños como en mi casa y que el viejo patriarca se pasaba el día en una librería-papelería en la que comprábamos plumillas y cuadernos con las tapas decoradas con el Acueducto de Segovia y las tablas de multiplicar… Por supuesto no eran nada sofisticados.

 

Creo que muchos de los que nacimos, crecimos y dejamos aquellas tierras por qué no eran nuestras sentimos gran curiosidad por el libro.  ¡Hablaba y contaba algo de nuestra Ítaca¡

 

Pero se ha quedado en agua de borrajas…

 

Situaciones, momentos… Ningún español se sentaba en los cafetines de la plaza de España y el enclave de aviación, Sania Ramel, no estaba precisamente  cerca del hospital Civil, que para más señas, en el 36 no existía.

 

Nimio enfoque puede que esté dando yo a su novela en la que a no dudarlo ha volcado usted todo su interés.  Pero no es justo proponernos una cosa y que después resulte otra.

 

Me duele escribir todo esto sobre su libro.   Pero creo que estoy en mi derecho de pedir que cuando dedico mi tiempo a algo –y mi dinero- al menos me sirva para enriquecerme interiormente, no para enfurecerme.

 

Pilar Castro-Villalba

escritora