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EL JUEGO DE LAS BOLAS (Prólogo) |
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por Ángel Collado Mateo No descubro nada si digo que el desarrollo del lenguaje y el crecimiento del cerebro humano han ido de la mano a lo largo de la historia de nuestra especie. Sabido es que el lenguaje es uno de los estimuladores del neocórtex cerebral y que es precisamente la complejidad de nuestro lenguaje una de nuestras señas de identidad frente al resto del reino animal
La palabra ha sido, digámoslo así, la piedra fundacional sobre la que se ha edificado el rascacielos de nuestra especie. Lo dice el Génesis, sin mayores preámbulos: “Al principio fue el verbo”, y, de hecho, una de las primeras tareas que ocupan al recién creado hombre bíblico es la de darle nombre a los animales, como bien nos recordó hace tres décadas el legendario Bob Dylan en su canción “Man gave name to all the animals”
A través de toda la historia la palabra ha sido el medio más utilizado por el ser humano para comunicarse con la divinidad; desde “El libro de los muertos” egipcio hasta las sectas de toda laya, pasando por los salmos del Antiguo Testamento, el ser humano siempre ha considerado que la palabra organizada es la llave para desbloquear los candados que nos separan de los dioses (o de los demonios). Incluso los brujos, brujas y hechiceros varios que en el mundo han sido (y son) recurren por sistema al hechizo verbal para que sus sortilegios surtan efecto.
El nominalista Ockam afirmaba que no existen conceptos universales, sólo nombres universales. No existen los conceptos fuera de nuestra mente, pero el hombre ha creado el lenguaje para designarlos y ésa es la base sobre la que se articula nuestra relación con el universo. La interpretación del conocimiento se hace, en consecuencia, a partir de estructuras lingüísticas.
Pero históricamente el poder de la palabra sólo parece sostenerse cuando sigue determinadas reglas, cuando se somete a un orden concreto y tiene un significado determinado; es decir, mientras se mantienen abiertos y activos todos los elementos que componen el proceso de la comunicación. Ahora bien, ¿qué ocurre si ese Dios desaparece o se vuelve tan distante que deja de ser un interlocutor válido?, ¿qué sucede si ese mundo conceptual que hemos creado y sus referencias no son las mismas para todos?, ¿qué ocurre si llegamos a la conclusión de que cada ser humano tiene su universo propio, individual e intransferible, desconectado de los demás?, ¿qué valor le queda a la palabra si la distancia que tiene que vadear para cumplir su objetivo comunicativo es demasiado grande? El propio Ockam ya dejó claro en su día que la esencia de cada individuo es única, inconfundible e intransferible, y que sólo se identifica consigo mismo y con nadie más. Los seres humanos no comparten una esencia común, asegura; es posible que haya algunas semejanzas entre los individuos, pero la esencia de cada uno de ellos es única.
Éste es el universo en el que nos sumergimos al leer esta fructífera inmersión en el teatro por parte del ilustre poeta Miguel Ávila que ha titulado El juego de las bolas. A lo largo de las diez excelentes piezas teatrales que la componen, breves pero rotundas como los latidos de un corazón gigantesco, nos topamos con sucesivos personajes que intentan poner orden en el vacío que los rodea. Como humanos que son, utilizan la que consideran su arma natural: el lenguaje. Pero, indefectiblemente, pieza tras pieza, vemos cómo el conjuro no funciona. El fracaso del lenguaje como elemento comunicativo queda patente en las palabras del maître del restaurante de “En el restorán”: Ciertamente la discusión nos debería llevar a alguna parte…; no sé, quizás a… a un estado de dramatización real en el que las líneas de fuerza se entrecruzaran y el conflicto alcanzase ese punto álgido más allá del cual sólo tiene sentido el caos y su fiel aliada, la locura. O acaso… la muerte. Perspectiva poco halagüeña, dicho sea de paso.
Los personajes se mueven por un escenario casi desnudo, sin apenas adornos, accesorios ni apéndices que acicalen su sustancia de espacio vacío. Flotan literalmente en la nada.
HIJO: Mira a tu alrededor. ¿Qué ves? Nada. No hay nada y tú te empeñas un día tras otro y otro en convencerme de que hay algo, un algo que no existe.
En ese ambiente brutalmente desnudo y desprovisto de artificio, donde es inútil buscar refugio, una luz cenital, fría, delatora cae sobre los personajes, resaltando su individualidad, su existencia, la irrevocable afirmación de su existencia:
- Eso -prosigue el hijo- de lo que tú me hablas no existe, y si existe yo no lo veo…, pero a ti sí que te veo: imprecisa en tus falsas convicciones, rotunda en tu inseguridad, ingenua, vulnerable y necesitada de un hombre que ejerza de padre, marido y tirano a la vez, para sentirte juntamente mártir, esposa y madre, tres personas distintas en una única locura verdadera.
No se puede expresar con mayor claridad la tensión que late en todas y cada una de las puñaladas existenciales que configuran esta obra. Esa madre a la que se dirige el hijo en “Madre y una”, tan vulnerable, tan imprecisa, tan insegura, lo que está buscando en realidad es a alguien que la oriente, alguien ante quien arrodillarse; está buscando algo o a alguien que dé un sentido a su existencia. No es de extrañar que en este mundo sin Dios la Trinidad se transmute en una única locura verdadera.
Nos sumergimos con cierta inquietud en un universo que no tiene normas claras, donde incluso el tiempo ha dejado de tener sentido y se muestra inmóvil. Eso sí, por muy detenido que se encuentre, en ningún momento dejamos de sentir su peso.
La ausencia de tiempo hace que los personajes vivan, por un lado, en estado de indefinición cuántica, como queda claro en “Los tres ciclistas”: Estaba yo, como es habitual en mí, perdido en el aleph de las Batuecas, que es un lugar que se encuentra en ningún sitio y en todos los sitios a la vez del universo al menos conocido, cuando de pronto vi cómo se encendía a lo lejos un punto de luz que comenzó a moverse hacia mí y que, según se iba acercando, se hacía progresivamente más grande y más radiante. Y que, por otro lado, se encuentren sumergidos en una eternidad de la que no pueden escapar. En “En la garita” leemos: “Hace una eternidad, esa eternidad que usted me ofrece con tanto desprendimiento, que nadie viene a relevarme. Y, ya ve, me he acostumbrado a lo que me he acostumbrado: a mí mismo. Yo soy el único dueño y señor de mí mismo. Lo demás son falsas promesas de cualquier vendedor de seguros.”
En el mundo que crea Miguel Ávila Dios difícilmente tiene cabida, o es tan lejano que su existencia resulta irrelevante; un mundo sin Dios donde los personajes parecen siempre desubicados, incapaces de encontrar un paisaje propio con el que identificarse. Están metafísicamente desnudos y se muestran rotundos en su humana debilidad; sin maquillajes ni florituras, con la fuerza de un cuadro expresionista. El sentimiento de soledad que exudan, por más que veamos interlocutores flotando a su alrededor, hace que percibamos claramente que la esencia de cada individuo es única e intransferible.
- EL POLICÍA: Sí. Aquí donde lo ve, esto es el cielo. ¿Qué le parece?
- EL HOMBRE: Pues me parece… muy vacío. No hay nada ni nadie. Solamente estamos usted y yo . Pensamos en Ionesco, en Becket, en Jarry y, sobre todo, en Jean-Paul Sartre y su obra “A puerta cerrada”. No deja de resultar inquietante comprobar lo mucho que se parecen el infierno que describe el filósofo francés en la obra arriba mencionada y el cielo que nos muestra Miguel en “Como Dios manda”. Desprovista la vida humana de cualquier valor teleológico el cielo y el infierno se vuelven una misma sustancia. Y ese cielo-infierno es accionado por la mirada y la palabra del otro, por la imposibilidad de comunicarnos con los demás.
Aunque hay pocos elementos en el escenario, hay uno que se repite con frecuencia en muchas de las piezas que componen esta obra: el teléfono. ¿Se puede pensar en un vehículo mejor para romper la soledad y la incomunicación en que están envueltos los personajes? Y sin embargo el teléfono fracasa una y otra vez en su objetivo. En “¿Estás ahí?” suena siempre a destiempo. En “El atril” el interlocutor, Su Excelencia, ni siquiera se molesta en descolgarlo. En “Madre y una” las interferencias y la incapacidad para mantener un discurso lógico por parte de la madre imposibilitan la comunicación...
Podríamos hablar también de los espejos; esos espejos que devuelven fríamente la misma realidad desnuda, el mismo vacío, la misma nada en que habitan los personajes y que los prolonga, sin solución de continuidad, a través de esa eternidad, tan virtual como real, en la que se mueven.
Pero si hay un tema que domina la obra es el de la soledad. La soledad ante Dios, ante el tiempo, ante el universo y, sobre todo, ante los demás hombres. Así en “En el restorán” encontramos al maître explicándole a los comensales que nuestro “restorán” tiene como prioridad fundamental la atención personalizada. Lo que ahora se llama “gastronomía por goteo”. Un cliente, una carta. O, si lo prefiere, una carta para cada cliente.
En “Como Dios manda” el policía le deja muy claro al hombre que este, que aquí no ve, no es el único cielo que existe. Hay… muchos cielos. Tantos como seres han sido, son y serán en el universo.
E inmediatamente pensamos en Kafka. ¿Quién no recuerda a ese campesino protagonista del cuento “Ante la ley”? El campesino quiere acceder al edificio que representa la ley, pero está custodiado por un fornido vigilante que de ninguna manera le permite entrar ni le deja ninguna esperanza de que las cosas vayan a cambiar con el tiempo. El campesino, sin embargo, lo intenta todo, incluso el soborno, pero el guardián se muestra inflexible. Pasan los años y el hombre envejece. Cuando se encuentra agonizando, al borde de la muerte, el guardián le confiesa que su única misión era impedirle pasar y que aquella puerta estaba destinada exclusivamente a él. Y ahora que el campesino está a punto de morir la puerta ha perdido su razón de ser. El guardián procede a cerrarla.
Resulta fácil caer en la tentación de considerar, como ocurre con frecuencia al analizar las obras de Kafka, que los personajes de Miguel han quedado atrapados en una pesadilla. Es cierto que encontramos esa intemporalidad tan característica del sueño, de la que tanto hablaba María Zambrano, que hace que los personajes se muevan por una eternidad gelatinosa; pero, al contrario de lo que pueda parecer, los personajes no habitan un universo de pesadilla en el cual han perdido la esperanza de despertar, sino, bien al contrario, un universo donde sólo existe la vigilia, con su áspera y dura rotundidad. El mundo que encontramos aquí es un mundo que, a pesar del absurdo que lo envuelve, no dejamos de reconocer como el nuestro de cada día, el nuestro de cada despertar. Eso sí, no el despertar de un sueño, sino el despertar de otro despertar. Las noches de los personajes de Ávila están vacías de sueños.
Cuando el hombre deja de soñar hasta Dios salta por la ventana, y si Dios se va sólo queda el hombre, ¿pero tiene el ser humano-individuo la suficiente corpulencia para llenar el vacío que dejan los sueños, el vacío que deja Dios? Pocos han escrito sobre lo absurdo de la existencia humana con más lucidez que Albert Camus. Los personajes de Miguel Ávila, como los de Camus, caminan por un mundo sin trascendencia y sin una razón de ser, perpetuamente enfrentados o alejados de Dios. El escritor argelino acaba encontrándole un sentido a la vida a través de la afirmación de la dignidad humana, la solidaridad entre iguales y las interconexiones que se establecen entre los individuos al tener que compartir el mismo infierno terrenal. De alguna manera los personajes de Camus consiguen arrancarle a mordiscos un sentido al absurdo de la vida precisamente nutriéndose de ese sinsentido. ¿Encontramos algún atisbo de esperanza en esta obra de Miguel Ávila? En “El juego de las bolas”, pieza que da título a la obra, los personajes se pierden en circunloquios y diálogos que no llevan a ninguna parte, sino que giran en círculos sin solución conformando un eterno retorno nietzscheano del que no tienen escapatoria. No se ponen de acuerdo ni tan siquiera sobre las reglas de su juego, pero, y eso es lo importante, no dejan de buscar una solución.
- HOMBRE 1º: (Conciliador como antes) En vista de que no pasa ni un dios por aquí, ¿qué te parece si intentamos llegar a un acuerdo? Estamos estancados. No avanzamos nada.
La madre de “Madre y una” se afana por limpiar eternamente una casa vacía, casi invisible, como la reencarnación del esforzado Sísifo. A pesar de lo absurdo de su trabajo no se deja llevar por el abatimiento. En “El televisor” los miembros de la familia parecen haber aceptado la inanidad de sus vidas e incluso se mueven con soltura y cierta complacencia en ella: ¿Qué mejor que la nada para una familia como la nuestra que quiere mantenerse unida a toda costa? Acércate, hijo, hazle caso a tu madre, siéntate con nosotros y disfruta del vacío.
Con frecuencia los personajes se dirigen al público, le hacen partícipe de esa misma soledad, dejándonos claro que el universo que se muestra en el escenario no es más que la prolongación de un mismo espacio vital compartido. Y aquí es donde hallamos la dimensión más interesante de este libro: su obscena actualidad. El espectador, a pesar de lo absurdo de las situaciones y diálogos, no puede dejar en ningún momento de sentir que un hilo invisible le conecta con lo que está ocurriendo en el escenario. No se trata de una fantasía arrancada del tiempo; la eternidad inmóvil en la que se mueven los personajes es la misma eternidad inmóvil en la que nos movemos los hombres y mujeres del siglo XXI en nuestra vida diaria. A nadie le resultará extraña esa familia que vive delante del televisor mirando la nada o el vendedor de seguros (que lo mismo puede ser un dios, un demonio, un publicista o un sacerdote) que quiere encasquetarnos una eternidad que ya nos pertenece de antemano, porque forma parte de nuestra esencia.
En este orden de cosas no es casualidad que el libro se cierre con “El atril”, epígono perfecto a la obra. En esta pieza sólo aparece un personaje en escena, pero no se trata de un personaje cualquiera, sino del personaje que mejor encarna todo lo que hemos venido hablando hasta ahora: un político. Nadie más apropiado para simbolizar la afirmación de la palabra y la negación de su contenido semántico. El político (no nos confundamos, no tiene por qué ser el político profesional, sino el político que en realidad todos llevamos dentro) es el paradigma del hombre que vive de las palabras, de los discursos que no llevan a ninguna parte, de los circunloquios, de los giros ingeniosos pero vacíos. Y lo terrible es que de la trampa dialéctica al mensaje equívoco y de la falta de referencias al fanatismo hay sólo un paso. “Podrá no haber razones pero siempre habrá enemigos (…) No hay conciencia, sólo eficacia” (…) Vosotros lo habéis querido. Llamaré ahí arriba (señala) para pedir nuevas instrucciones, pero no alberguéis vanos anhelos pues “todo está atado y bien atado” (…)
“La Historia la hacen únicamente los que poseen la capacidad de renuncia: a la libertad, a la palabra propia, al sentido engañoso de la dignidad.” Sabedlo bien: ¡Libertad es trabajo! ¡Dignidad es silencio!
Resulta sintomático que la solución que encuentran los personajes de “La peste” de Camus, esa dignidad humana que compensa la falta de trascendencia de sus vidas, en boca del político protagonista de “El atril” se convierta en un más que inquietante silencio. Silencio.
Y es que ahí está la gran clave: El silencio de Dios, el silencio de Su Excelencia al otro lado del teléfono en “El atril”, el silencio que nos envuelve tiene que ser rellenado de alguna forma. ¿Quién no recuerda esa película de Bergman titulada precisamente así: “El silencio”? En un ambiente de guerra dos hermanas atormentadas y el hijo de una de ellas deciden interrumpir su viaje para pasar la noche en un hotel. Los empleados del establecimiento y, de hecho, todos los personajes de la localidad (Timoka) hablan una lengua desconocida e incomprensible, por lo que la comunicación resulta imposible. La sensación de soledad resulta asfixiante porque ni siquiera los tres protagonistas, que hablan la misma lengua, consiguen establecer una verdadera comunicación entre sí. Sin embargo en medio de este desierto de soledad, en un momento determinado surge un oasis de armonía. Durante breves instantes los protagonistas de la película caen bajo el hechizo de una pieza musical. Incluso el empleado del hotel con quien habitualmente se relacionan se atreve a pronunciar el nombre que ha obrado el milagro: Johann Sebastian Bach. Y, de repente, es como si la pantalla se iluminase.
¿Cómo no recordar esa otra película, también titulada “El silencio”, dirigida por Mohsen Makhmalbaf, el célebre director iraní? Aquí encontramos a un niño ciego que trabaja afinando instrumentos musicales en un taller. Puesto que no puede ver no le queda más remedio que reinventar el mundo que le rodea utilizando su imaginación. Puebla su cerebro con las imágenes que él mismo crea utilizando como materia prima los sonidos que le llegan del exterior. Reinventa la realidad forjando un auténtico paraíso de luz, color y, una vez más, de música. Memorable la escena final en la que los martilleos y golpes de los orfebres, latoneros, plateros y herreros de la medina acaban trasmutándose en la Quinta Sinfonía de Beethoven. El mundo se convierte en una orquesta donde el muchacho protagonista es el director-Dios.
En esta obra no encontramos ni la música de Bach ni de Beethoven para reorganizar el caos, ni los personajes tienen la lucidez de abrazar la dignidad de la que nos hablaba Camus para darle sentido a sus existencias: “Sin órdenes directas de la superioridad -nos dice el político de “El atril”- yo no tomo ninguna decisión. Así que tengo muy claro lo que voy a hacer. No sé ustedes, pero yo me vuelvo por donde vine. ¿Pero significa esto que no hay esperanza en el mundo de Ávila que, no lo olvidemos, es el mundo real en el que todos nos movemos, nos guste o no? Sin concesiones melosas a la galería hay que responder que la esperanza siempre está presente. Está presente en el afán de los personajes por romper los muros que los separan (por muy infructuoso y hasta patético que resulte a veces), en su propia autoafirmación (yo soy el único dueño y señor de mí mismo); asoma su hocico a través de la ironía que inunda la obra e imbrica todos sus elementos dándoles una nueva dimensión. La ironía es hija predilecta de la inteligencia y lleva en sus venas la toma de conciencia de la propia pequeñez, la lucidez y, en consecuencia, el germen del cambio.
La ironía hace un guiño al
espectador y dota de contenido el aparente vacío semántico de los
diálogos. Y si no es así, siempre nos quedará un último recurso. Los
protagonistas de “Siempre nuestros…más o menos” nos dan la pista: se trata
de un matrimonio que entra en crisis la misma noche de bodas e intentan
arreglarlo sumergiéndose en un juego que no les lleva a ninguna parte.
Cuando sienten que la nada empieza a agobiarlos, con una clarividencia
digna de los dioses, encuentran la solución perfecta dando rienda suelta,
sin tapujos, a sus deseos más primordiales, afirmando sus cuerpos noche
adentro. Si a alguien se le ocurre una solución mejor, esta obra le invita
a aportarla, porque en “El juego de las bolas“ se abren los grandes
interrogantes, las grandes preguntas que atosigan al ser humano de
nuestros días. Nos queda claro que las respuestas no van a venir de
arriba, de manera que con esta obra Miguel Ávila nos abre un buzón de
sugerencias y nos invita a llenarlo con nuestras aportaciones. Así de
sencillo, así de difícil, así de rotundo. |
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| Ed. Islavaria (Huelva, 2010) España |