PALABRAS PREVIAS: LAS PARADOJAS DEL EXCESO

(prólogo del libro UN MAR INVISIBLE (Ed. Islavaria, 2009)

 

En un par de páginas de esta novela se citan los dos problemas sobre los que se han fundamentado las investigaciones del filósofo Noam Chomsky: el “problema de Platón”, que se enuncia mediante la pregunta “¿cómo es posible que con tan pocos datos sepamos tanto?”; y el “problema de Orwell” que dice “¿cómo con tantos datos sabemos tan poco?”. Parece que Matías Escalera haya hecho su texto literario sobre una versión de estos dos problemas: con tan pocos datos narrativos conocemos todo un mundo, pero –al mismo tiempo–, con todo ese mundo sabemos muy poco de la historia narrada. La paradoja revela que algo ha desaparecido: la realidad. No se trata de un acto criminal, como el que señalaba Jean Baudrillard hace algunos años en El crimen perfecto, sino de una premeditada elección: Escalera no intenta representar la realidad sino aprehenderla. Este es el primer gran esfuerzo de esta obra. Aprehender significa asimilar de golpe toda una realidad, una totalidad. Una totalidad es una y distinta, un tiempo y los otros, unos personajes y sus contrarios, una concreción y sus abstracciones. Lo paradójico, en cambio, no se detiene en los problemáticos fundamentos en los que hemos colocado esta obra, puesto que intentar llegar a comprender una totalidad es una experiencia excesiva: lo contenido no puede, según la lógica formal que rige, contener al continente. Ninguna obra humana puede dar cuenta de una totalidad. Ése, sin embargo, es el segundo gran esfuerzo de esta obra: intentarlo. Matías Escalera no está ciego a este nuevo asunto y es por eso que utiliza una técnica narrativa específica para llevarlo a cabo: opera construyendo archipiélagos narrativos que si bien no dicen la totalidad sí la insinúan, puesto que todo enunciado en esta novela tiene su relación con otro no escrito, ni señalado, ni definido, pero que, sin embargo, sí está advertido, requerido para comprender el ya dado o entrevisto por relaciones de continuidad. Esto se usa también en los niveles sintácticos y léxicos. A veces la única manera de dar cuenta de algo no es presentando ese algo sino haciendo que lo demás se presente a partir de lo que ese algo ha hecho con ese demás. Los personajes no son una excepción: ¿quiénes son Ezequiel, Julián, Rosario, Clara? ¿Sabemos cómo son físicamente? ¿Cómo es su vida? En las novelas decimonónicas sabíamos todo, es decir, todo lo que el narrador decía que era todo. Aquí sabemos todo lo que el narrador dice, pero aceptando que lo demás no está, sobre todo que hay un demás. A cambio, Matías Escalera paga un precio muy alto: su obra sobrepasa los límites, tanto en cantidad como en valor, de lo que se considera narrativamente normal. El exceso se convierte en una paradoja desde el mismo instante en que la novela no puede abarcar la totalidad. Para evitar la norma, debe abandonar el terreno de la representación, que le obligaría a dar cuenta constante de los referentes, para adentrarse en el terreno de lo que podríamos denominar una subjetivación diegética, modelo que le permite al autor componer juntas piezas autónomas, fragmentos, esbozos argumentales, nociones teóricas, anotaciones metalingüísticas, etc. en función de sus intereses. Un nuevo narrador omnipotente, y omnisciente, nuevo en tanto que no acepta no poder contar ninguna historia porque sabe que en este tiempo el relato se ha roto, que el espejo se ha hecho añicos, que la memoria está ocupada por los acontecimientos; hace entrar en escena las palabras, acciones, imágenes, grafismos y otros elementos que revelen esa mar invisible que se señala en el título: aquello que estando no vemos, cuya inmensidad y monotonía oculta la riqueza y diversidad de sus profundidades. Un mar invisible. Todos los elementos de esta novela forman parte de ese mar invisible. Para ello hace un tercer esfuerzo: no distinguir en la masa textual que compone la obra procedencias, géneros, etc. No importa que no esté la totalidad puesto que lo que verdaderamente importa a su autor es que esta inmersión en el mar ya nos hace ver lo que existe en su interior: lo tal vez nunca narrado. No se trata de describir, ni de relatar acciones, ni de componer caracteres: ninguna novela pueden agotar las descripciones, ni las acciones, ni la composición de caracteres. Esta novela tampoco. ¿Entonces para qué intentarlo? Pero sí puede hacerse otra cosa: explorar un mundo y anotarlo según el interés del autor, como cuando se toman apuntes de la realidad, salvo que aquí de lo que se toman apuntes es de una subjetividad, de unas subjetividades, que ha vivido como si fueran muchas. Nada parece tener entidad objetiva. Todo está sometido a la subjetividad de los personajes, que a su vez están sujetos al autor. Se pueden integrar, también, sensaciones, razones, efectos sonoros, ideas, etc. colocándolos al mismo nivel. Desaparece la estructura narrativa y aparece un, resulta inevitable, exceso retórico. Si la novela no se sostiene en la historia, puesto que su historia es todo (lo dicho y lo no dicho), tiene que apoyarse en las unidades elaboradas por la efectividad expresiva. Y a pesar de ello, el autor no muestra en ningún momento la carta de navegación: no sabemos a dónde va, ni de dónde viene. Renuncia premeditada a hacer una novela política, una novela “clásica”, una novela social. Defensa de una novela de la subjetividad.

Ese exceso retórico funciona como si se tratase de un texto que se alimenta del esperpento. Incluso cuando se esboza el eje sobre el que gira hechos y personajes: El Trópico Zumbón, sombra de aquel Madrid bohemio de Valle-Inclán. Un topoi que, igualmente, excede lo que constituiría en cualquier obra el lugar de la acción, puesto que éste existe, al comienzo de la novela; y deja de existir, al final de la misma. Un lector avezado podría preguntarse por la funcionalidad del mismo, dado que desde el primer momento se nos describe no por lo que es físicamente, sino por lo que hace, siendo un ejemplo de lo que antes hemos llamado archipiélagos narrativos: “El Trópico Zumbón era un lugar que encandilaba y ofuscaba (cautivaba, preferían otros) a quienes por allí pasaban”. Exceso retórico que se ve en los cientos de paréntesis que pueblan las frases de este texto y que las aclaran, especifican, traducen, sugieren, etc.

El lector se enfrenta, pues, a un texto narrativo que no declara aquello que cuenta, que se excede, que traspasa aquellos límites que hacen al lector, que le dan su constitución. Las cientos de luces puestas en medio del mar son inútiles para quienes pretendan guiarse por ellas: estando en él no hay perspectiva, no se ve nada. Las fuerzas abandonarán al lector que no respire y descanse en su nadar por este mar invisible. Como en el mar, no hay regresión, ni progresión, ni desarrollo. Hay marcas, señales, huellas, que son diseminadas a lo largo de las páginas de este texto. Nada sobra al lector en esta novela y, sin embargo, todo le sobra porque con ello no consigue su mundo. Y es así porque su mundo no está ahí. Casi al final de la novela aparece una cita de Leibniz: “Hay dos laberintos en los que la razón se extravía; el origen del mal y la consideración del infinito, de los indivisibles y de la continuidad (...) Pero, en realidad, ambos laberintos son uno mismo (afirma la voz narradora) La determinación de la causa del mal no es ajena a la aclaración de los principios que rigen la materia y la historia: pues Nosotros es, al mismo tiempo, Ellos y Todo”. Casi al final se nos muestra el motor del texto.

Queda en el lector una pregunta: “¿es posible entender lo que esta novela presenta sin haberlo vivido?”. Los autores saben que sin guiar al lector no pueden mantenerlo ahí. Matías Escalera renuncia a ello colocando al lector ante un mundo que no es el suyo, que no puede reconstruir y del que no puede obtener ninguna información objetiva rotunda. Un mundo al que, sin embargo, se le invita. También aquí hay una paradoja: que una obra que trata de encontrar un nuevo lector, tenga que hallarlo destruyéndolo. Éste es un viaje por un mar de signos, y son éstos los que componen la historia. Así está parte de nuestro tiempo, parece decir el autor. Así está parte de nuestro mundo, parece señalar. Pero esa parte mira a lo demás.

 

César de Vicente Hernando