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VECTOR TIEMPO del libro AMOR EN PARO Y 59 HISTORIAS MÁS |
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Aquel lugar no era el techo del mundo ni estaba cubierto de nieves eternas, pero a Felipe ya le valía. Desde allí, disfrutaba una perspectiva distante y serena que, sin embargo, sólo le producía una vacuidad extraña. - ¿Se encuentra bien? -preguntó un municipal novato. Felipe insinuó un leve cabezazo. Y, como no tenía aspecto de gamberro, delincuente o perturbado, la autoridad presente le dejó hacer. No quedaba un asiento libre en la plaza, pero Felipe no se había encaramado para dar la nota. Le era indiferente que el lugar rebosara o no mientras no lo molestaran y, salvo una señora que vociferó que aquél era un parque para niños, nadie se metía con él. A su edad, y tan impecablemente trajeado y peinado, se encontraba fuera de lugar, pero tampoco lo hacía por llevar la contraria a nadie. En realidad, sólo quería comprobar una cualidad de la física moderna. Y así se lo explicó a un niño que, vigilado por su madre protectora, osó trepar hasta él. - ¿Qué haces? - Comprobar una propiedad física del tiempo. - ¿Qué propiedad? -preguntó el pequeño extrañado. Felipe pensó un momento. El tobogán metálico, los columpios de cadenas y esa magnífica bola del mundo cuya cima ocupaba ahora resistían asombrosamente el empuje del tiempo. Allí arriba, había sido vigía pirata, piloto de combate o escalador coronando el Everest. Pero eran otros tiempos, como se suele decir, que no vuelven. Ahora sólo era un extraño en un camino imposible. - El tiempo es un vector. Se mueve en una dirección sin vuelta atrás. - ¿Eso sirve para jugar? - No. - Vale. El pequeño saltó agarrado al eje del mundo para correr al tobogán. La comprobación había terminado y Felipe abrazó el cilindro metálico para regresar al vector del tiempo que no había conseguido cambiar. Sin darse cuenta, aprisionó la corbata con la mano al descolgar el cuerpo y se encontró en un patíbulo fortuito. Sin respiración, se soltó cayendo sobre el pie derecho, que sonó fatal. La propiedad vectorial del tiempo era incuestionable. Nunca volvería a ser un niño ni a sentirse como tal. ¿Por qué demonios leía a Hawking? |
| Enrich C. Pedrón | |